TAREA 3.1
En el ámbito educativo, enfrentarse a las dificultades en expresión escrita, la dislexia y la discalculia supone un reto que va más allá de lo académico. Estas dificultades no solo afectan el rendimiento escolar, sino también a la autoestima, la motivación y la forma en que los niños afrontan el aprendizaje.
La expresión escrita es una habilidad compleja que requiere coordinación motora, dominio del lenguaje y capacidad de estructurar ideas. Cuando un niño tiene dificultades en este ámbito, es fácil que se sienta frustrado o que evite escribir por miedo a equivocarse. Como docente, es fundamental observar con sensibilidad y ofrecer estrategias que refuercen la confianza y fomenten la creatividad sin juzgar los errores.
La dislexia, por su parte, nos recuerda que leer no es simplemente decodificar letras. Es comprender, interpretar y disfrutar del texto. Los niños con dislexia suelen tener una inteligencia completamente intacta, pero necesitan un enfoque diferente, más visual, más multisensorial. La clave está en entender que no es una falta de esfuerzo, sino una forma distinta de procesar la información.
En cuanto a la discalculia, muchas veces pasa desapercibida o se confunde con “no ser bueno en matemáticas”. Sin embargo, esta dificultad puede generar una gran ansiedad en el aula. El conteo, la lógica numérica y el razonamiento abstracto requieren apoyos específicos para que el niño pueda construir una base sólida sin sentirse perdido.
Como maestra, creo que el primer paso es mirar más allá del error y preguntarnos qué necesita ese niño para aprender. La observación atenta, el respeto al ritmo individual de cada niño y la creación de un entorno seguro son esenciales. No se trata de adaptar al niño al sistema, sino de adaptar el sistema al niño.
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